¿Está preparado el periodismo en Girardot para narrar en tiempos de posacuerdo?

El proceso de paz que buscaba ponerle fin al conflicto armado interno debe convertirse en asunto de todos los medios de comunicación, sin importar lo pequeños que sean o lo alejada que sea la región a la que pertenecen.

No era un chiste cuando Juan Manuel Santos decía que muchas cosas cambiarían luego de que las Farc se desmovilizaran. Es cierto, muchas cambiarán, y las que no quieran, tendrán que hacerlo tarde o temprano. El posconflicto o posacuerdo, exigirá mucho de usted, querido lector, no sólo a la hora de votar en las urnas, también en la enorme reconstrucción social que el país va a tener que hacer una vez las Farc se reintegren y luchen desde la arena política tras reconocer la legitimidad del Estado, algo de lo que han dudado por más de medio siglo.
Por lo tanto, el periodismo tampoco se salva de todo lo que debe cambiar en este periodo de la historia colombiana. Entiéndase periodismo no solo por los grandes medios tradicionales a los que ya estamos acostumbrados, ni tampoco quiero que se circunscriba únicamente a la televisión como medio por excelencia para informarse. Radio, prensa y televisión hacen parte de este trípode que debe ayudar a sostener la verdad en tiempos en los que será difícil encontrar medios que relaten sin sesgos lo que está pasando.
Es por eso, que es urgente que los medios de comunicación en Girardot replanteen muchas cosas. ¿De verdad están informando? ¿La construcción de agenda periodística se hace con el afán de informar? ¿Se ha contextualizado y analizado un tema tan coyuntural como lo es el proceso de paz? ¿Se ha hablado alguna vez de lo que en Girardot o en cualquier ciudad del país cambiará luego de que miles de guerrilleros se desmovilicen? Esas son preguntas que usted como ciudadano tendrá que responder cuando esté leyendo estas letras de una ciudadana que al igual que usted, vive en esta ciudad y necesita informarse.
Por mi parte, me atrevo a decir que el periodismo en Girardot no está preparado para narrar en tiempos de posacuerdo. No lo está porque no ha dimensionado lo que este cambio traerá consigo, porque la agenda periodística se queda corta ante lo mucho que hay que relatar, porque su idea de periodismo es aquella en la que las personas llaman a las emisoras o al programa de televisión, a contar que hay demasiada delincuencia, que el poste de luz no sirve, o que las calles no están pavimentadas. No significa que esto no se tenga que contar, el problema es cuando solo se habla de eso, cuando un programa radial o televisivo no tiene ni una pizca de investigación periodística y se limita a recibir llamadas al mejor estilo de un call center.
Algo peor pasa con la prensa, que está en deceso. El diario que más circula en la ciudad y la región, escribe con tinta amarilla y pluma reduccionista. Raya en lo amarillista, -con pocas excepciones-, y aunque entre su cuerpo de periodistas hay estudiantes de periodismo que intentan cambiar en algo lo que el periódico hace, el esfuerzo no alcanza porque el estilo del periódico ya está definido y al parecer, no les interesa cambiarlo. Entre portadas en las que se muestra el cadáver del ladrón que asesinaron o el pandillero que capturaron, se mueve el rigor periodístico de un medio que leen muchas personas. Tal parece que solo les interesa mostrar cuántas puñaladas recibió aquél muchacho que perdido en las drogas y la pobreza, decidió delinquir.
Hace falta mucho por mostrar. Hay gente en la calle haciendo obras maravillosas por otras personas que merecen ser contadas. Hay bastante por investigar y denunciar. En la política girardoteña pasan cosas que nadie sabe, que nadie muestra, pero que están ahí aprovechando el poco olfato periodístico y escasa información con la que viven las personas. ¿Por qué no hacer una investigación periodística de la inconclusa obra de la vía que pasa por el cementerio católico y que conduce a Ricaurte? Ese tipo de noticias merecen ocupar una portada.
No se trata de ir lanza en ristre contra los medios de comunicación en Girardot. Reconozco que informar no es fácil, que contextualizar para poder relatar es una pócima que exige mucho más que voluntad y amor por el periodismo, y que además, en el caso de la prensa, la escritura periodística exige una rigurosidad que en estos tiempos es difícil encontrar. Pero no es posible que aquellos que tienen el poder de la información lo hagan a medias. Es necesario entender que el periodismo además de informar, sirve para crear opinión en los ciudadanos. Es urgente que los grandes temas se empiecen a debatir también en los medios de comunicación regionales, en el pueblo pequeño y apartado. Los asuntos públicos, los temas coyunturales deben empezar a sonar en las emisoras, a verse en la televisión y a escribirse en la prensa. No importa lo pequeña que sea la ciudad o lo lejana que esté.
Si la empresa periodística, en este caso la de las pequeñas ciudades, recordaran que a través del periodismo crítico, investigativo y concienzudo, se podría recuperar la democracia deliberativa, aquello que Habermas propuso con tanto ahínco como la pócima para reivindicar la participación ciudadana en los asuntos de interés público, tal vez no llenarían las portadas de sus periódicos con fotos de cadáveres y no tendrían una confusión entre ser forenses o periodistas. Sin embargo, retomando la propuesta de Pirry, quien invita a la revolución de las cosas pequeñas,el dilema periodístico puede cambiar si usted, querido lector, empieza por exigir más y mejor información y dejara de consumir ‘noticias’ que no gozan de ningún valor noticioso y que solo alimentan el morbo y chisme en las personas.